«Esto es un robo»

«Esto es un robo»

Por Luis C. López Morton Z.

En la madrugada del 18 de marzo de 1990, dos supuestos policías se presentaron a la puerta del Museo Isabella Stewart Gardner en Boston y a través del sistema de intercomunicación le informaron a uno de los dos guardias al cuidado del recinto, que esa noche se encontraban investigando un disturbio al interior del edificio. El custodio Rick Abath inmediatamente presionó el botón de apertura de la puerta y los dejó ingresar incumpliendo el protocolo de seguridad; dichos falsos agentes del orden portaban bigotes de utilería. Momentos después el propio Abath y su compañero fueron atados de pies y manos con cinta adhesiva y encerrados en el sótano, donde serían rescatados horas más tarde, cuando un guardia del siguiente turno alertó a la policía que algo inusual sucedía ya que nadie contestaba su llamado y no le franqueaban el paso.

Los intrusos permanecieron 81 minutos en el recinto, de acuerdo con los detectores de movimiento, cortando los lienzos y abandonando sus marcos, se llevaron 13 obras de arte valuadas al día de hoy en 500 millones de dólares, convirtiendo este saqueo como el más grande que se haya perpetrado a un museo en Occidente. Tras poco más de tres décadas no se ha recuperado ninguna de las obras, careciéndose de pista alguna sobre su posible paradero, sin que los 10 millones de dólares de recompensa que ofrece la institución, además de todos los esfuerzos de la policía de Boston y el FBI, hayan esclarecido en lo más mínimo dicho pillaje. Aunque ustedes no lo crean, estas obras maestras no estaban aseguradas ante un eventual robo.

Se han escrito seis libros sobre el tema, hay un podcast de 8 partes realizado por WBUR (estación de radio de Boston) y varios documentales, el último realizado por Colin y Nick Barnicle, estrenado hace unos días en Netflix, This is a robbery. The world’s biggest art heist. (Esto es un robo. El atraco más grande del mundo). El documental no ofrece soluciones a los misterios planteados por semejante despojo: no identifica a los ladrones, solo recuerda que el robo sigue impune a pesar del tiempo transcurrido.

Para los que hemos tenido el placer de recorrer el museo resulta shockeante observar los marcos vacíos, colgados tal como se encontraban previo al atraco. Así, en la Sala Holandesa apreciamos el hueco dejado tras la desaparición de la pintura más valiosa durante esa madrugada, se trata de El Concierto pintado por el holandés Johannes Vermeer (1632-1675), una de las 34 obras que se conocen de este artista, se considera el objeto de mayor precio que jamás se haya robado. Del mismo sitio se llevaron la única marina que se conoce de Rembrandt Harmenszoon van Rijn (1606-1669), Cristo en la tormenta en el mar de Galilea (1633), del mismo genio del Barroco eligieron Dama y Caballero en negro y un pequeño grabado del tamaño de un timbre postal, autorretrato de Rembrandt joven, esta estampa había sido previamente hurtada y devuelta en 1970. Los ladrones también cargaron con Paisaje con obelisco que por muchos años se creyó de la mano de Rembrandt, hasta que finalmente fue atribuida a uno de sus discípulos, Govert Teunisz Flinck (1615-1660).

De la misma Sala Holandesa se llevaron un bronce Gu de la dinastía Zhang (fundada hacia 1600 a. C.) de 25 cm de altura, se trata de una especie de jarra utilizada en China para escanciar vino, con un valor de varios miles de dólares. En la Galería denominada “Corta” (Short Gallery) sustrajeron 5 bocetos a lápiz, tinta, gouache y carbón de Edgar Degas (1834-1917), con un valor de al menos $100,000 dólares. También eligieron un remate de  casi 25 cm de un águila imperial francesa de una bandera de la Guardia Imperial de Napoleón, objeto que cuenta con una oferta de recompensa de $100,000 dólares y por último, del Salón Azul del primer piso, descolgaron Chez Tortoni de Édouard Manet (1832-1883). Sin embargo, para no creerse, nunca se ha probado que los asaltantes hayan ingresado a este espacio.

La excéntrica Isabella Stewart Gardner (1840-1924) nació en Nueva York, hija de un adinerado importador de lino. De niña estudió y viajó por Europa, tanto en Francia como en Italia, regresando a su ciudad natal en 1858. A los dos años de su arribo se casó con uno de los solteros más codiciados de la época, John Lowell “Jack” Gardner (1837-1898), hombre de negocios, dueño de una gran fortuna generada por una flota de barcos e intereses en ferrocarriles y en actividades mineras. La pareja tuvo a su primer hijo en junio de 1863, quien murió de neumonía en 1865, al año siguiente Isabella sufrió un aborto y recibió la noticia de su esterilidad, lo que menguó su salud, detonándole una profunda depresión, que originó su abandono de la vida social.

En 1867, por consejo médico, ella y su marido recorrieron Europa por casi un año conociendo Escandinavia y Rusia, fijando su centro de operaciones en la Ciudad Luz. El viaje cumplió con el efecto deseado e Isabella recuperó su salud y la ilusión de vivir, retornando a Estados Unidos donde recobró su condición de socialité de moda. En 1875 adoptaron a los tres hijos del hermano de su marido, Joseph P. Gardner, cuidándolos conscientes de su deber y manteniéndose fieles a su compromiso de protegerlos y educarlos.

En los siguientes años Isabella y Jack Gardner viajaron por el Medio Oriente, la Europa Central y sobre todo París, realizando más de una docena de estancias foráneas que sumadas cubren más de una década fuera de su lugar de nacimiento y residencia. En estos traslados e itinerarios comienzan a formar su colección. En 1891, a la muerte de su padre, Isabella recibe de herencia $1.75 millones de dólares, lo que les facilitó enfocarse en adquirir arte europeo. Entre sus primeras adquisiciones trascendentes sobresale El Concierto de Johannes Vermeer, comprado en una subasta en la capital francesa en 1892. También le dedicaron atención a los mercados de antigüedades de Egipto, Turquía y el Lejano Oriente, considerando pintura y escultura, además de tapices, fotografía, plata, cerámica, manuscritos, equipamiento arquitectónico (puertas, chimeneas, vitrales y un sinfín de piezas).

Más de 70 obras fueron adquiridas bajo el consejo del historiador de arte especializado en el Renacimiento Bernard Berenson (1865-1959), quien trabajara autentificando obras para el comerciante de arte y de antigüedades más famoso de todos los tiempos, Joseph Duveen (1869-1939). La colección Gardner incluye obras tan importantes como Madona con niño y Ángel de Sandro Botticelli, Tiziano y El Rapto de Europa, Fra Angelico con La Dormición y La Ascención de la Virgen, así como una miscelánea valiosísima de los pinceles de Diego Velázquez, Miguel Ángel, Rafael Sanzio, Mantegna, Tintoretto, Monet, Manet, Degas, Whistler y Sargent.

Para 1896 los Gardner, a pesar de haber ampliado su infraestructura levantando anexos al edificio original, cobraron conciencia de que el espacio resultaba insuficiente para conservar y exhibir tal cúmulo de obras de arte. Jack muere intempestivamente en 1898 e Isabella decide materializar el sueño compartido con su marido consistente en crear un depósito visitable para albergar sus tesoros. Compró terrenos pantanosos del área de Fenway en Boston y contrató al arquitecto Williard T. Sears (1837-1920) para encargarse del proyecto y la construcción, inspirándose en los palacetes venecianos. Gardner se involucró a fondo en la construcción, dedicándole un año tras finalizarse la construcción, organizando los bienes patrimoniales de acuerdo a su personal visión y criterios estéticos. El museo abrió en forma privada el 1º de enero de 1903, meses más tarde permitió el acceso del público en general.

Isabella Gardner tuvo su primer de una serie de infartos en 1919 muriendo cinco años más tarde en 1924 a los 84 años de edad. En su testamento creó un fondo de un millón de dólares y estipuló las líneas para el soporte del museo. Incluyendo que su colección sea permanentemente exhibida “para la educación y disfrute del público para siempre” de acuerdo a su visión estética e intención. Existe una cláusula muy estricta en la que está prohibido trasladar cualquier bien del museo, así como tampoco adquirir ninguna pieza nueva, de lo contrario todo, incluido el inmueble, sería subastado en París y lo obtenido enriquecería las arcas de la Universidad de Harvard.

El acervo contiene más de 7,500 obras entre pintura, escultura, mobiliario, textil, plata, cerámica, amén de 1,500 libros raros, más 7,000 objetos de la Roma antigua, el medioevo europeo y el Renacimiento italiano, Asia, el islam, América y el siglo XIX francés. Como se podrá apreciar, se trata de un recinto bastante ecléctico en sus colecciones.

El día del robo los guardias de seguridad que se encontraban en el museo eran un músico que tocaba rock and roll en una banda, con una melena de rizos rococó que gustaba de fumar marihuana y consumir estupefacientes, eterno quejoso de la seguridad del museo, y su compañero quien tocaba el trombón. Ambos tenían este trabajo porque les permitía practicar durante el día, aunque uno de ellos solía presentarse “en las nubes”. La policía de Boston, al ingresar al museo después de haber sido alertados por los guardias que reemplazarían a los dos del turno de la noche, fallaron en la recopilación y cuidado de pruebas y evidencias. Las consecuencias de estos descuidos continúan afectando hasta la actualidad.

En su momento los principales sospechosos eran el guardia que fumaba marihuana, quien nunca fue acusado y un veterano ladrón de arte llamado Myles Connor, héroe local que cuando el robo sucedió estaba en la cárcel; se sospechó también de la mafia irlandesa, del Ejército Republicano Irlandés que era competente en el robo de arte (muchas veces para pedir un rescate), de la mafia italiana y de otros personajes, muchos ya muertos. El robo sucedió en la noche de la fiesta más importante para los irlandeses en Boston, el día de San Patricio, por lo que el ambiente era festivo y relajado. A la larga no se descarta una confesión en el lecho de muerte de alguien que conozca detalles del robo, conforme pasa el tiempo van muriendo tanto los investigadores como los ladrones, puede ser que este sea un crimen que jamás se resuelva.